Cuando estaba con otra, cerraba los ojos y las comparaba, ella, por supuesto, siempre ganaba. Se veía tan irreal, tan ausente de este mundo tangible, físico, de este mundo tan concreto, era algo espiritual, una sensación desconocida que sentía al sólo pensar en ella, era grandiosa, divina, quizás también pertenecía al Olimpo, no le cabía duda, una mujer así no era mortal, sólo podía ser una diosa.

De a poco creyó ir volviéndose loco, y es que ella era todo lo que él quería, lo que siempre había deseado en una mujer estaba allí, en su cabeza, sólo le bastaba cerrar los ojos para contemplar su belleza.
Era brillante, intelectual, una filósofa, amorosa, tierna, sensible, le gustaba que la mimaran y aprobaba todas sus acciones, le admiraba, era su fans número uno. Siempre le apoyaba en cualquier cosa que se le ocurriese y repetía te amo frecuentemente y con sinceridad. Era un ideal que no se encontraba en este mundo.
La deseaba demasiado.
De a poco comenzó a darse cuenta de que esta mujer que lo había conquistado con su forma de ser y de la que se había enamorado, se parecía en muchas cosas a él, era extraño, ella tenía sus ojos, sus ideas, su cabello, su ternura, sus labios, su inteligencia....
Fue hacia un espejo y se miró largamente, y pudo observar a la mujer de sus sueños en él. No se dio cuenta de que se estaba enamorando de sí mismo. Aquella mujer estaba más lejos de lo que pensaba, sería más difícil que lo que creía el hallarla, pues no se encontraba en este mundo ni nunca pretendió estarlo, aquella mujer que él buscaba se encontraba en su alma, era su vanidad, la vanidad que cada hombre tiene en su ser, quien te alaba y tiene forma de mujer, sólo que a él le parecía tan atrayente y seductora que lo fue envolviendo lentamente y lo dejó profundamente enamorado.
Miraba el espejo regularmente sólo para verla, ahora no tenía que cerrar los ojos para poder encontrarla. Ella estaba allí y él se quedaba viéndola por horas, su fascinación era cada vez mayor, ése poder que ejercía sobre él era demasiado fuerte como para oponerse.
Sabía que a todas las mujeres les gusta que las vayan conquistando poco a poco y que les presten atención, y eso era lo que hacía, se paraba frente al espejo y charlaba horas con ella, le contaba todas sus cosas. Ella siempre le escuchaba pacientemente.
Sus ojos eran penetrantes, poderosos y le miraban fijamente. El poder de aquellos ojos le domaba, no podía alejarse durante mucho tiempo de su mirada, era una adicción difícil de poder controlar.
Comenzó a hacerse cada vez más ermitaño, casi no salía sino para las necesidades más básicas, su vida comenzó a girar en torno a aquél espejo, nada importaba tanto como él, no necesitaba de nadie más. Por fin creyó haber encontrado la tan esperada felicidad.

.... (continuará)...